RAÚL TOLA: Todo por Marella

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junio, 08 del 2017

 

El periodista y escritor presenta a una de las mujeres que le cambió la vida. Marella, su hija, con un año y ocho meses de edad, ha alterado sus rituales de escritura y su perspectiva de la vida.



Entrevista: EDUARDO CORNEJO

Fotos: JAVIER ZAPATA


Al otro lado de la librería donde su papápresenta ‘La noche sin ventanas’, su última novela escrita enteramente en los años que vivió en Madrid, (Alfaguara, 2017), Marella se distrae en lo que de verdad le importa: libros infantiles de animales. “Esa escena es muy simbólica, una constatación de que ella hace siempre lo que quiere”, explica Raúl Tola, papá primerizo de una niña producto de su matrimonio en 2016 con Andrea, su compañera en la extenuante y retadora labor de ser padre. El escritor y periodista al que hemos estado acostumbrados de ver en saco y corbata en los noticieros más importantes de la programación nacional, sea Cuarto Poder, en América; 24 Horas, en Panamericana; o Edición Central 90, en Latina, se aligera el nudo de la corbata y se desprende el saco para echarse al suelo a jugar con su hija, olvidándose de la pluma, el micro y las cámaras.


Alguna vez, cuando hablabas de tu visita a la Central Nuclear de Fukushima, días después del terremoto en Japón (2011), dijiste: tuve una mezcla de sensaciones, de curiosidad, adrenalina, miedo a morirme e incertidumbre. Creo que nunca voy a sentir algo así, salvo hasta que tenga un hijo.

–Se nota que cuando lo dije no había sido padre aún (risas). Si bien la visita al Centro Nuclear fue uno de los momentos más intensos de mi vida, por el riesgo que corría de contraer un envenenamiento radioactivo, el nacimiento de Marella trajo con ella una intensidad emocional totalmente distinta. Es una emoción vital, lejana a la muerte. Hasta que no nace un hijo hay una especie de sensación abstracta, y es al mismo tiempo una proyección de ti mismo porque lleva tus genes y tu apellido. Ahora que he vivido ambas experiencias no me atrevería a compararlas.


La Niña de mis Ojos . “Yo soy muy relajado, y eso puede ser muy irritante cuando convives conmigo. Hay una frase que ha comenzado a decir: ‘no pasa nada’. Eso lo ha sacado de mí”.


–¿La llegada de Marella trajo nuevos miedos?

–Hay una frase que se usa en la Fórmula 1. Dicen que los pilotos corren un segundo menos por vuelta por cada hijo que tienen. O sea, levantan un poco el pie del acelerador. Cuando tienes hijos dejas de ser tan aventurero como cuando eras soltero. Yo ahora me manejo con mucho más cuidado, las decisiones que tomo ya no las tomo de manera tan egoísta como antes, sino en base a lo que es mejor para mi familia. Es un cambio profundo, una señal de madurez que uno no tiene hasta que es padre.


Una de las preocupaciones en tu juventud de dedicarte a la escritura era no tener estabilidad económica para tu familia. Ahora que tienes una familia y escribes, ¿cómo te va?

–A ver, yo ahora mismo no tengo un trabajo. Yo dejéun buen trabajo(en Latina)y un buen sueldo. Ahora mismo me gano la vida cachueleándome, con lo que pueda, moderando eventos o participando en clases. No le puedo ofrecer a mi hija la estabilidad que yo quisiera, es verdad; pero síle puedo ofrecer la certeza de que su padre nunca se ha doblegado. Suena a cliché, pero creo que es una herencia que me gustaría dejarle, junto con la de una buena educación. Hago todo lo posible por darle estabilidad, estoy seguro que pasaráeste momento. Es un equilibrio muy fino…


El 24 de mayo el escritor presentó ’La noche sin ventanas ‘, novela que ha sido bien recibida por la crítica.


–¿Dónde está el límite a no traicionarse a uno mismo por la estabilidad económica de tu hija?

–Si yo fuese capaz de hacer cualquier cosa por mi hija, incluso traicionar mis principios, creo que le estaría haciendo daño. Creo que hay que tener un límite por la ética, la moral, las buenas costumbres y por tus convicciones. Y esas convicciones pueden estar equivocadas, pero lo que puedo ofrecerle es hacer todo dentro de esos límites. A mí no me apasiona hacer de moderador en eventos, o de maestro de ceremonias, es un trabajo alimenticio, pero ahora no lo dudo, es algo que no puedo permitirme. Antes hubiera dicho “no, gracias”, pero todo trabajo que aparece, lo tomo agradecido. Eso me permite llegar a fin de mes, seguir tirando para adelante. Pero sí, siempre hay un límite, siempre hay que seguir dentro de lo que uno cree.


–¿Podrías decir que tu carrera ha sido seguir eso en lo que túcrees?

–Siempre lo he tratado, no es fácil. Siempre he tratado de hacer cosas sobrias y de respetar mi independencia como periodista. Estoy muy satisfecho porque he tenido la carrera que siempre he querido. Pero al mismo tiempo siento que puedo haber generado en los dueños de los canales la sensación de que soy una especie de loco, capaz de irse de un canal porque no me gusta. Y claro, los empleadores de un canal seguramente buscan a alguien mucho más sumiso, mucho más moldeable, que no les haga problema.


La televisión es una trituradora de almas

–Sí, alguna vez dije eso. Y creo que, salvo algunas excepciones, es verdad.




–¿Sentiste que te trituraron el alma alguna vez?

–No. Sin embargo hay muchas personas en televisión que se transforman en personajes. Un personaje no es una persona, una persona tiene alma, un personaje es una proyección en la pantalla, nada más. Hay gente que está fascinada en la televisión porque la televisión es un potentísimo masaje al ego. La televisión paga muy bien cuando llegas a cierto punto y es un trabajo que no exige tanto tiempo. Mucha gente frente a estas tentaciones es capaz de entregarlo todo, de hacer cualquier cosa.


De su padre, Raúl recuerda, sobre todo, un mensaje. Un ejemplo sobre ética, “aprender a renunciar a un trabajo por no hacer cosas que a uno le parezcan incorrectas”. “El primer recuerdo, sin embargo, que tengo con mi papá, es cuando él grabó un casette conversando conmigo donde yo decía mis primeras palabras. No lo he escuchado porque me da un poco de vergüenza. Pero es algo que seguramente haré con mi hija y a mi hija le avergonzará en su momento. Es un recuerdo que guardo con mucho cariño”. Y sin saberlo, fue su padre, quizá, quien lo inició en esta carrera de conversaciones frente a un micro. 


–¿Qué es lo que corrompe de la televisión?

–El ego. Al final, el periodista es secundario, lo importante es la noticia. Yo creo en todas esas cosas, de verdad; a lo largo de mi carrera me he esforzado mucho por respetarlas y por cumplirlas. A pesar de que muchas personas se burlarán de míporque pensarán que soy un beato, yo siento que soy un ser humano como cualquier otro que tiene algunas convicciones muy firmes y que las respeta. Siguiendo además la imagen tutelar de Albert Camus, uno de mis escritores favoritos, no solo por su obra literaria sino por su propuesta moral.


Foto de papá y abuelo con Raúl. Los parecidos son indiscutibles.


Albert Camus, a propósito, fue arquero. Y según entiendo, tú también jugabas en esa posición. Él tiene una frase sobre las enseñanzas del fútbol en la vida

–Sí, claro. Y la frase, que es muy bonita, dice más o menos que “las principales acciones de solidaridad y moral, no las aprendí en los libros sino en las canchas de fútbol”. Y sí, igualmente yo. Del deporte he aprendido las lecciones de solidaridad y moral, y no de los libros. Mucho menos de la televisión.


Sin embargo, tu comienzo en la TV fue en Canal N, con esa camada de periodistas jóvenes que fueron pieza fundamental del retorno a la democracia en 2001.

–Sí, tenía 23 años. La mayoría de periodistas ahí éramos muy jóvenes. Casi toda la gente que salía en pantalla en esa época estaba ligada al fujimorismo, y la única manera de hacer televisión independiente era trabajar con estos muchachos imberbes, yo entre ellos, que no sabíamos muy bien qué hacer frente a una cámara. Fue un internado, una educación intensiva, y nos confrontamos con la caída de un gobierno envuelto en denuncias de corrupción que creía tenerlo todo controlado, salvo esa pequeña estación de cable que parecía marginal por momentos. Canal N originó esa pequeña grieta que terminó en el desmoronamiento del régimen. Yo fui afortunado por vivir eso.


Tú, que como periodista estás comprometido con la realidad nacional, qué Perú te gustaría que vea Marella cuando crezca.

–Me gustaría que vea un Perú en democracia, un Perú solidario, que crea que la cultura no es solo para los ociosos, sino un fondo necesario para los seres humanos. Un país con una cultura empresarial mucho más humanista. Un país ordenado y seguro. Me gustaría que viviese en un Perú donde pueda tener un sueño y cumplirlo.

"Creo que físicamente se parece bastante a mí y eso me causa mucha emoción. Pero su mamá es tan guapa que si se pareciera a ella, yo estaría feliz."

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